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miércoles, 3 de octubre de 2012

Civilización o barbarie

Tal Cual

Yo apuesto por el futuro. Yo apuesto por lo nuevo y en este caso lo nuevo no tiene 14 años en la Presidencia. En realidad los venezolanos compramos modernidad por vía de la explotación rentística del petróleo

MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE

Mi padre nació en 1926, y se crió en los tiempos del gomecismo en una pequeña hacienda de café que tenía mi abuelo por allá por Montalbán en el estado Carabobo. Un sitio culebrero y peligroso, con pocas comodidades como era común en el país rural de esos días, con pocas vías de penetración, con una administración pública incipiente.

Cuenta papá que cuando niño le mandaron a comprar una locha de papelón y un medio de queso y que en el camino unos militares lo recogieron junto a otros niños de pantalones cortos y los colocaron en fila mientras un hombre alto de bigote tupido y sombrero se acercaba para preguntarles, con acento extraño, si estaban estudiando, luego de lo cual colocaba una moneda en la mano de cada uno de ellos. Ese fue su encuentro con Juan Vicente Gómez, el amo del poder.

El caso de mi padre es común al de los hombres de su generación. Papá pasó de ser un niño del campo a convertirse en un pequeño comerciante dentro del ámbito urbano que empezó a desarrollarse en los cuarenta, luego de la lucha en contra del paludismo, el saneamiento del país, la reforma agraria y los grandes proyectos de infraestructura, los de la dictadura de Pérez Jiménez y los de la democracia.

Los venezolanos pasamos de ser un pueblo de campesinos a convertirnos en una nación de base urbana en apenas 30 años, esto sin que mediara una revolución industrial que favoreciera el desarrollo de una burguesía productiva e innovadora. En realidad los venezolanos compramos modernidad por vía de la explotación rentística del petróleo.

Uno se pregunta cuántas cosas han cambiado realmente desde que los hombres del campo se iban detrás de hombres a caballo, como en aquel poema genial de Andrés Eloy; sí es cierto que tenemos un país moderno, con grandes universidades y centros de salud, con algunas industrias y altos niveles de consumo, pero uno diría, usar el petróleo para consumo no reproductivo no sólo es una estupidez, es una maldición. Lo cierto es que la tensión entre el campo y la ciudad tiene, en nuestro caso, un carácter permanente y no resuelto.

Por eso el fenómeno del caudillo tiene un carácter recurrente. Por eso nos cuesta tanto la civilidad. A mí me parece genial la manera como Don Rómulo Gallegos resuelve el final de su mejor novela: La devoradora de hombres no muere, no es puesta tras las rejas, no es asesinada en un lance heroico.

Gallegos conocía el alma voluble de este pueblo. Doña Bárbara se va en un bongo y desaparece. Doña Bárbara está viva y siempre existe la posibilidad de que vuelva a encontrarnos, a hechizarnos con su embrujo de buena hembra, que vuelva a las andadas, a las tratas con el Socio, a la rapiña, a la apropiación indebida, al asesinato. ¿Es que acaso es casual que en nuestra lógica republicana nos movamos entre la civilización y la barbarie? Nuestro caudillo criollo al igual que el Minotauro para los griegos antiguos se ha convertido en la representación de lo salvaje, en el poder que avasalla, que se impone.

Así, desde la perspectiva de nuestra sociología política colectiva, uno podría decir que somos una sociedad que se trasladó a la ciudad sin superar las taras de la ruralidad y sin aprovechar sus beneficios.

Así, por ejemplo, no hemos desarrollado un sentido de convivencia fundamentado en la urbanidad; no tenemos, en tanto que colectivo, una consciencia moral que facilite la convivencia entre nosotros.

Peor aún, no hemos logrado emanciparnos para hacernos cargo de nosotros mismos. Vivimos buscando al padre salvador. Tratamos de evitar llegar a la adultez: qué fastidio eso de hacerse cargo de uno mismo, de tomar decisiones, de asumir responsabilidades.

Dentro de esta lógica perversa se han desarrollado estos 14 años de esta revolución de los absurdos, que nos ha hecho más dependientes del petróleo, que ha destruido el campo, que ha reducido nuestra productividad, que ha sembrado el odio y el resentimiento. Vivimos en una sociedad anarquizada, sin reglas. Pero que, además, no ha sabido resolver problemas vitales: electricidad, empleo, delincuencia, etc.

De allí la paradoja de un candidato presidente que ofrece y ofrece como si estuviese iniciando su gobierno, como si no hubiesen pasado 14 años, como si no hubiésemos vivido las crisis de PDVAL, o el accidente de Amuay. Nos ofrecen equidad en la pobreza, dependencia del Estado, como el campesino que depende del terrateniente explotador. Solo que acá se nos ofrece dependencia del Estado.

Yo apuesto por el país urbano, por la posibilidad de la emancipación, por el futuro. Yo apuesto por lo nuevo y en este caso lo nuevo no tiene 14 años en la Presidencia. Yo apuesto por la civilización antes que por la barbarie.

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