15-01-2017
NADESKA NORIEGA ÁVILA
La inflación y la escasez de alimentos impiden que el sueldo mínimo alcance para comer. La ocupación da lo mismo si el ingreso, aunque sea mayor al reglamentario, no soporta bocado
El hambre. Esa necesidad de saciar con alimentos el cuerpo. El deseo de ingerir el bocado que dé empuje y sustento para el desarrollo cotidiano. El hambre es hoy la sombra que cubre a muchos trabajadores y pensionados venezolanos, porque no pueden comprar los alimentos para hacerle frente, a pesar de contar con ingresos por el desarrollo de faenas relacionadas con sus oficios.
La escasez y la inflación, se han convertido en verdugos de quienes se esfuerzan por subsistir, obligándolos no sólo a modificar sus hábitos alimenticios, sino a vivir hambrientos, con el cuerpo minimizado y el alma adolorida.
La imposibilidad de adquirir alimentos es más evidente, en un país donde el sueldo mínimo, hasta el próximo 15 de enero, será de Bs. 27.091,00 y de la Canasta Básica Familiar, estimada por el Centro Nacional de Documentación y Análisis Social (Cendas), en Bs. 624.544,78, para el mes de diciembre del año 2016. Es que ni el aumento que coloca al sueldo mínimo por encima de los 40 mil bolívares, se equipara con la inversión requerida para garantizar comida en la mesa de un grupo familiar, ya sea en Caracas o en el interior del país.
Siete venezolanos nos cuentan su lucha diaria para escapar del hambre, para evadir el crujir de los intestinos, el mareo, el dolor de cabeza y el desgano para enfrentar la faena, por no tener que comer.
CARMEN HERNÁNDEZ, DOMÉSTICA. VALLES DEL TUY
En las casas de familias en donde trabaja, ya no cuenta con el plato de comida. De trabajar de lunes a viernes, debió sumar sábados y domingos.
En un mismo día limpia hasta dos residencias para ganar dinero extra, que le permita enfrentar la crisis económica y garantizar la comida de su casa.
"Me ha tocado aprender a administrar los alimentos para que en casa todos podamos comer, aunque sea dos veces al día. No siempre es así. En oportunidades yo me quedo sin probar bocado, para que mis hijos se alimenten. A veces saltamos una de las comidas, porque no tenemos nada en casa".
"El momento más duro del día es cuando acostada en cama, repaso qué compraré para comer, algo que sea rendidor y llene. Como las patas de pollo que aprendí a hacer guisadas, para estirar el ingreso. Casi nunca tengo comida suficiente para el día siguiente, por eso salgo a trabajar y con lo que me gano en el día compro alimentos. Nunca es suficiente. Nunca alcanza".
MIGUEL ÁNGEL DOMINGUEZ, VIGILANTE PRIVADO. SAN FERNANDO DE APURE
"Mensualmente cobro 90 mil bolívares, más el bono de alimentación que son unos 60 mil. Yo gasto cerca de 70 mil bolívares en un mercado que dura solo dos semanas, compro arroz, pasta, harina, aceite y un poco de carne o pollo. El dinero restante lo guardo para el transporte y dejo una caleta para cuando llegue la última semana del mes, que es la más ruda, porque no hay casi comida y toca nuevamente salir a tratar de conseguir alimentos regulados para la familia".
"Siento un dolor desgarrador cuando me toca pensar qué comida del día debo negarle a mis dos hijos, que no llegan a 10 años. No hay para nosotros y en ocasiones, tampoco para ellos". "Es imposible mantener una dieta que me permita verme más fuerte. En estos días lo común es dormir con hambre".
EDUARDO BAREÑO, MOTOTAXISTA. PORTUGUESA
Eduardo José Bareño pasó de conuquero a mototaxista. Hizo su vida en el campo del estado Portuguesa. "Aquí a nadie le alcanza nada. No hay empleo sostenido que te dé para comprar un pollo en cinco mil bolívares, un kilo de azúcar en 4.500 o un kilo de café en 8.000 o 9.000 bolívares", revela el hombre sentado sobre la moto que opera en la ciudad de Guanare.
"Los apremios de salud, se los dejamos a Dios, porque cómo pagamos una operación o un tratamiento médico haciendo pocas carreritas. Porque la gente cada día recorta sus gastos. Y sin clientes no hay real, sin real no hay comida, sin comida hay hambre".
"Algunas veces la cena no llega. No hay dinero y lo que uno reúne es para comprar un rodaje a esta moto, que cuesta 25 mil bolívares, tengo que trabajar más de dos semanas reuniendo esa plata, sin derecho a comer ni a enfermarme".
RAFAEL VARGAS, PENSIONADO. LA GUAIRA
"Cobro la pensión el día 10 de cada mes. El 12 ya no tengo nada. De esos 27 mil bolívares, le doy 14 mil a mi hermana Carmen para que me haga el almuerzo todos los días.
Yo vivo en un apartamento que construí sobre la casa que era de mis padres. Con lo que me queda me compro unos remedios. No todos, porque no alcanza. También pago lo que pido fiado en la panadería. Compro un pan dulce y un café con leche grande. Eso me debe alcanzar para cenar y desayunar al día siguiente. La pensión no alcanza para comer".
"Lo peor de llegar a viejo en esta época, es que lo que me queda por vivir, lo vivo con hambre. Y qué maluco es eso. Las tripas me suenan, pero mi hermana dice que lo que le doy no alcanza. A veces hay plátano con arroz. Otros días yuca con un poquito de salado. Y los granos no se consiguen".
JUAN PAZ. PENSIONADO. CARACAS
"A diario me toca aguantar el hambre, remediarme con algo que pueda quedar en la nevera, me toca esperar que mi hijo me traiga algo, si consigue. Un pan, aunque tengo días que no pruebo pan, a pesar de que tenemos una panadería cerca, pero la cola es muy larga y mi hijo no la puede hacer de lunes a viernes porque tiene que trabajar. Mi pensión y su sueldo no nos alcanza, el precio de los alimentos sube cada día".
"En los últimos meses estamos comiendo muy poco. Un pan con queso para pasar el día, sardina con yuca y jugo sin azúcar. Cuando comemos caraotas nos creemos millonarios. He perdido ocho kilos. Las piernas se resienten, están muy flacas y debo apoyarme más en el bastón. Quien me iba a decir que el hambre sería mi compañera de vejez. Esto se cuenta y no se cree".
ANA VIVAS, BERRENDERA, SAN CRISTÓBAL
Ana Irma Vivas barre a diario las instalaciones del terminal de pasajeros de San Cristóbal, en el estado Táchira.
Mientras trabaja toma un poco de agua. Eso la ayuda a olvidar el hambre.
"Así como estamos, estamos mal. Nos venden puros productos colombianos y el sueldo no nos alcanza, porque aunque hubo aumento, sigue siendo poquito. Ese sueldo no nos alcanza para sostener a nuestros hijos".
Otro sorbo de agua para olvidar el hambre.
"A diario intento hacer dos comidas. Aunque sea de a poquito. Normalmente en las noches no cenamos, porque no nos alcanza para comprar lo que nos falta para hacernos algo. La comida y las verduras son muy caras. Cuando tenemos hambre no nos queda otra opción que aguantar, porque de dónde saca uno comida cuando no tiene".
La escasez y la inflación, se han convertido en verdugos de quienes se esfuerzan por subsistir, obligándolos no sólo a modificar sus hábitos alimenticios, sino a vivir hambrientos, con el cuerpo minimizado y el alma adolorida.
La imposibilidad de adquirir alimentos es más evidente, en un país donde el sueldo mínimo, hasta el próximo 15 de enero, será de Bs. 27.091,00 y de la Canasta Básica Familiar, estimada por el Centro Nacional de Documentación y Análisis Social (Cendas), en Bs. 624.544,78, para el mes de diciembre del año 2016. Es que ni el aumento que coloca al sueldo mínimo por encima de los 40 mil bolívares, se equipara con la inversión requerida para garantizar comida en la mesa de un grupo familiar, ya sea en Caracas o en el interior del país.
Siete venezolanos nos cuentan su lucha diaria para escapar del hambre, para evadir el crujir de los intestinos, el mareo, el dolor de cabeza y el desgano para enfrentar la faena, por no tener que comer.
CARMEN HERNÁNDEZ, DOMÉSTICA. VALLES DEL TUY
En las casas de familias en donde trabaja, ya no cuenta con el plato de comida. De trabajar de lunes a viernes, debió sumar sábados y domingos.
En un mismo día limpia hasta dos residencias para ganar dinero extra, que le permita enfrentar la crisis económica y garantizar la comida de su casa.
"Me ha tocado aprender a administrar los alimentos para que en casa todos podamos comer, aunque sea dos veces al día. No siempre es así. En oportunidades yo me quedo sin probar bocado, para que mis hijos se alimenten. A veces saltamos una de las comidas, porque no tenemos nada en casa".
"El momento más duro del día es cuando acostada en cama, repaso qué compraré para comer, algo que sea rendidor y llene. Como las patas de pollo que aprendí a hacer guisadas, para estirar el ingreso. Casi nunca tengo comida suficiente para el día siguiente, por eso salgo a trabajar y con lo que me gano en el día compro alimentos. Nunca es suficiente. Nunca alcanza".
MIGUEL ÁNGEL DOMINGUEZ, VIGILANTE PRIVADO. SAN FERNANDO DE APURE
"Mensualmente cobro 90 mil bolívares, más el bono de alimentación que son unos 60 mil. Yo gasto cerca de 70 mil bolívares en un mercado que dura solo dos semanas, compro arroz, pasta, harina, aceite y un poco de carne o pollo. El dinero restante lo guardo para el transporte y dejo una caleta para cuando llegue la última semana del mes, que es la más ruda, porque no hay casi comida y toca nuevamente salir a tratar de conseguir alimentos regulados para la familia".
"Siento un dolor desgarrador cuando me toca pensar qué comida del día debo negarle a mis dos hijos, que no llegan a 10 años. No hay para nosotros y en ocasiones, tampoco para ellos". "Es imposible mantener una dieta que me permita verme más fuerte. En estos días lo común es dormir con hambre".
EDUARDO BAREÑO, MOTOTAXISTA. PORTUGUESA
Eduardo José Bareño pasó de conuquero a mototaxista. Hizo su vida en el campo del estado Portuguesa. "Aquí a nadie le alcanza nada. No hay empleo sostenido que te dé para comprar un pollo en cinco mil bolívares, un kilo de azúcar en 4.500 o un kilo de café en 8.000 o 9.000 bolívares", revela el hombre sentado sobre la moto que opera en la ciudad de Guanare.
"Los apremios de salud, se los dejamos a Dios, porque cómo pagamos una operación o un tratamiento médico haciendo pocas carreritas. Porque la gente cada día recorta sus gastos. Y sin clientes no hay real, sin real no hay comida, sin comida hay hambre".
"Algunas veces la cena no llega. No hay dinero y lo que uno reúne es para comprar un rodaje a esta moto, que cuesta 25 mil bolívares, tengo que trabajar más de dos semanas reuniendo esa plata, sin derecho a comer ni a enfermarme".
RAFAEL VARGAS, PENSIONADO. LA GUAIRA
"Cobro la pensión el día 10 de cada mes. El 12 ya no tengo nada. De esos 27 mil bolívares, le doy 14 mil a mi hermana Carmen para que me haga el almuerzo todos los días.
Yo vivo en un apartamento que construí sobre la casa que era de mis padres. Con lo que me queda me compro unos remedios. No todos, porque no alcanza. También pago lo que pido fiado en la panadería. Compro un pan dulce y un café con leche grande. Eso me debe alcanzar para cenar y desayunar al día siguiente. La pensión no alcanza para comer".
"Lo peor de llegar a viejo en esta época, es que lo que me queda por vivir, lo vivo con hambre. Y qué maluco es eso. Las tripas me suenan, pero mi hermana dice que lo que le doy no alcanza. A veces hay plátano con arroz. Otros días yuca con un poquito de salado. Y los granos no se consiguen".
JUAN PAZ. PENSIONADO. CARACAS
"A diario me toca aguantar el hambre, remediarme con algo que pueda quedar en la nevera, me toca esperar que mi hijo me traiga algo, si consigue. Un pan, aunque tengo días que no pruebo pan, a pesar de que tenemos una panadería cerca, pero la cola es muy larga y mi hijo no la puede hacer de lunes a viernes porque tiene que trabajar. Mi pensión y su sueldo no nos alcanza, el precio de los alimentos sube cada día".
"En los últimos meses estamos comiendo muy poco. Un pan con queso para pasar el día, sardina con yuca y jugo sin azúcar. Cuando comemos caraotas nos creemos millonarios. He perdido ocho kilos. Las piernas se resienten, están muy flacas y debo apoyarme más en el bastón. Quien me iba a decir que el hambre sería mi compañera de vejez. Esto se cuenta y no se cree".
ANA VIVAS, BERRENDERA, SAN CRISTÓBAL
Ana Irma Vivas barre a diario las instalaciones del terminal de pasajeros de San Cristóbal, en el estado Táchira.
Mientras trabaja toma un poco de agua. Eso la ayuda a olvidar el hambre.
"Así como estamos, estamos mal. Nos venden puros productos colombianos y el sueldo no nos alcanza, porque aunque hubo aumento, sigue siendo poquito. Ese sueldo no nos alcanza para sostener a nuestros hijos".
Otro sorbo de agua para olvidar el hambre.
"A diario intento hacer dos comidas. Aunque sea de a poquito. Normalmente en las noches no cenamos, porque no nos alcanza para comprar lo que nos falta para hacernos algo. La comida y las verduras son muy caras. Cuando tenemos hambre no nos queda otra opción que aguantar, porque de dónde saca uno comida cuando no tiene".


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