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viernes, 30 de enero de 2015

Héroe, a su pesar

Tal Cual

Rencor en el chavismo porque Diosdado Cabello monopoliza el orgullo herido. Gente de mayor importancia en la jerarquía militar y que han sido también injustamente acusadas, deben sufrir el agravio de que advenedizos como el presidente de la Asamblea Nacional les robe el show. Después que termine de lidiar con la temible justicia española, Diosdado se va a entregar mansito a la DEA, aunque sea totalmente inocente

MARIO SZICHMAN Nueva York/ Especial para Tal Cual

Les voy a ofrecer a los lectores de TalCual mi última hipótesis: Fidel Castro sigue vivo no porque intenta arruinarle los cotidianos tubazos al intelectual cubano Carlos Alberto Montaner, quien se la pasa anunciando su muerte desde hace medio siglo, sino por culpa de la Revolución Bolivariana.

Prácticamente cada noche, antes de ir a dormir, Fidel se despide de sus seres queridos, señala que ya está cansado de la vida, lamenta su escasez de conocidos –tener que cartearse con el astro de la afición argentina Diego Armando Maradona no es precisamente un gran ejercicio intelectual– y justo en el momento en que se dispone a cargar el equipaje, recibe un electrizante mensaje en el viejo teletipo emplazado en su residencia.

Fidel sabe que es otro cable procedente de Caracas. El líder revolucionario descubre que su cuerpo enfermo, que ya parece no resistir más, recupera súbitamente el vigor de la juventud.

Se dirige al teletipo, arranca la hoja, y tropieza con datos fidedignos de algún veterano de su servicio de inteligencia mencionando otro festivo episodio de la Revolución Bonita.

Si bien Fidel no se siente muy identificado con los jerarcas chavistas –su herencia gallega y sus modales de señorito español lo ponen en guardia contra el exhuberante mal gusto de sus montaraces discípulos venezolanos– debe admitir que, después de todo, son sus hijos putativos.

Y además, cada vez que montan una olla, es más divertida que las aventuras de Moe, Larry, and Curly, sobre todo cuando la emprenden contra sus compañeros haciendo piquete de ojos.

En estos días el interés de Fidel Castro se concentra, obviamente, en las peroratas de Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea Nacional Legislativa.

Quizás Fidel no admira sus deshilvanadas frases, seguramente disputa la falta de enlace entre sus gestos de indignación y las palabras usadas para expresarla, pero debe aceptar que el funcionario está peleando a brazo partido para quitarse el sanbenito de ser un narcotraficante.

EL CAMINO MENOS HOLLADO
Mirar los toros desde la barrera, como se ve obligado Fidel a hacer en estos días, es una cosa. Algo muy diferente es cohabitar con toros y toreros en el centro del ruedo.

Seguramente Fidel ignora las bizantinas luchas en el seno de la nomenclatura chavista. Pero sabe, positivamente, quien se está robando el show en Venezuela. (Prácticamente lo único que es posible robar tras vaciarse las arcas del estado venezolano, por culpa de una conspiración del imperio y de los saudíes).

Es obvio que la figura de Cabello está adquiriendo ribetes legendarios. Varias circunstancias contribuyen a su fulminante ascenso.

La más significativa es el eclipse de la figura del presidente Nicolás Maduro, quien se la pasa volando de un destino a otro, pues tras su renuncia piensa montar una agencia de viajes. Maduro leyó en alguna parte (es factible que en un libro de Dale Carnegie), que la práctica es esencial para obtener éxito en los negocios, y de ahí sus excursiones a sitios ignotos.

Bueno, con Maduro siempre en el aire, en Venezuela no queda otra persona que Diosdado Cabello para ser víctima de la calumnia.

Lejos de ser un lastre, eso ha catapultado su figura al séptimo cielo, especialmente después que el dirigente chavista decidió contraatacar el vituperio a través de querellas judiciales. Al comando de un grupo de eximios abogados, Cabello ha ido directamente a la yugular de sus enemigos emplazados en dos continentes iniciando una serie de litigios contra medios impresos que sugieren, solo sugieren, su presunta participación en el tráfico de estupefacientes.

Aunque las acusaciones resulten totalmente infundadas –y deben serlo, pues así lo ha confirmado Cabello– las demandas lo han ubicado en el centro del escenario internacional.

A eso ha contribuido, por cierto, el éxito de una telenovela que tiene como protagonista a un narcotraficante colombiano –sobre el cual llovieron acusaciones totalmente fundadas– llamado Pablo Escobar Gaviria.

El público latinoamericano exige a gritos flamantes telecubrones donde alguien se fume una lumpia. Y de repente, el desertor de la causa Leamsy Salazar, ha ofrecido la excusa.

Cabello se ha limitado a exigir algo muy sencillo: que su buen nombre y honor sea reivindicado. Ese reclamo, que de tan evidente parece innecesario, ha desatado poderosas enemistades.

En la prensa internacional todo sirve de excusa para someterlo a diversos sarcasmos. Era previsible. Pero no la otra parte. Su exigencia ha causado celos y desatado una sorda lucha en el seno del chavismo.

Personas de más importancia en la jerarquía militar, como por ejemplo el general Hugo Carvajal, también acusadas de manera inicua de propiciar el contrabando de cocaína, y por cierto, desde hace mucho más tiempo que Cabello, se sienten agraviadas. No toleran que “advenedizos” como el presidente de la Asamblea Nacional –quien nunca superó el grado de capitán– hagan pasar a segundo plano su búsqueda de justicia.

UN ERROR ESTRATÉGICO AUNQUE MENOR
En los últimos días Cabello ha verificado que enfrentar al imperio del mal en lucha abierta es más fácil que lidiar con la justicia.

Especialmente cuando se trata de la justicia española. Presentar demandas a medios impresos venezolanos es pan comido, pues la justicia bolivariana siempre inclina su balanza hacia el lado de los buenos. Pero meterse con la justicia española.

Es como si un gladiador desnudo ingresase en una jaula donde hay media docena de leones hambrientos, ninguno de los cuales ha optado por la sana comida vegetariana.

¿Qué es lo que caracteriza a la justicia española? Que tarda en llegar. Y cuando llega, los nietos o biznietos de los originales litigantes no saben cómo diferenciarla de la injusticia.

Si los directivos del periódico ABC de Madrid se están frotando las manos aguardando el momento en que el estado bolivariano, o alguno de sus representantes vilipiendiados inicie el pleito, por algo será. ¿Oyó hablar Cabello de esa vetusta figura jurídica española conocida como “La sucesión”? Alguien fallece en España y deja alguna herencia, digamos una vivienda.

Entonces, se empiezan a mover las artríticas ruedas de la justicia española. Cincuenta o sesenta años más tarde, llega el dictamen. O llega la solicitud de algún magistrado pidiendo algún otro legajo para empezar recién a discutir el caso.

EL OTOÑO DEL PATRIARCA
Es evidente que no todos los mortales se muestran interesados en lo que ocurrirá con la demanda de Diosdado Cabello de aquí a veinte años. Posiblemente el único sigue siendo Fidel, que ha decidido ser inmortal.

El veterano político analiza la situación en la patria de Bolivar, y medita en estrategias posibles. Sabe que el principal obstáculo en toda revolución es la anarquía.
Todos los jerarcas chavistas hablan de manera simultánea, todos opinan, todos se protegen entre sí. La Revolución Bonita carece de dialéctica, con su tesis, antítesis y síntesis.

¿Quién manda realmente en Venezuela? ¿Maduro, un hombre cuya mayor ambición es sumar millas recorridas a fin de que American Express le consiga pasajes de avión más baratos? ¿Diosdado, que en vez de tomar las riendas del poder insiste en monopolizar el orgullo herido de quienes se sienten injustamente vilipendiados y se enreda en litigios nada menos que con la justicia española? (A poco de andar, el presidente de la Asamblea Nacional descubrirá que es más conveniente entregarse mansito a la DEA, aunque sea inocente, que continuar presentando querellas en la Madre Patria).

Nadie piensa en Venezuela cómo solucionar la crisis, parece ser el lamento de Fidel Castro. Todo se hunde y lo único que salva al gobierno bolivariano es su caos total. ¿A qué suicida de la oposición se le va a ocurrir agarrar ese clavo ardiendo que es el Palacio de Miraflores?

Fidel medita, y medita. Piensa en alternativas, una más inviable que otra. Pero, entre tanto, la Revolución Bolivariana le permite mantenerse con vida. En realidad, si la cosa sigue así en Venezuela, y lamento informárselo al respetado intelectual cubano Carlos Alberto Montaner, Fidel va a terminar por enterrarnos a todos.

@mszichman
http://marioszichman.blogspot.com/

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