Capriles, con tesón, ha venido acogiendo y dando voz a los más variados grupos venezolanos
ANTONIO COVA MADURO | EL UNIVERSAL
miércoles 3 de octubre de 2012 12:00 AM
Fue sólo cuando concluía el segundo gobierno de Lyndon Johnson, que politólogos, sociólogos e historiadores comenzaron a hablar de un notable fenómeno político-social que Franklin Delano Roosevelt -el presidente norteamericano al que sólo la muerte apartó del poder- había logrado estructurar: la gran coalición que, iniciada en los tempranos años 30, perduraría hasta 1968.
En efecto, Roosevelt había blindado el poder de los demócratas gracias a que logró hacer coincidir los intereses de diversos grupos de la población: los trabajadores, a quienes rescató de la catástrofe de la Gran Depresión; las minorías religiosas -judíos y católicos en especial- a quienes garantizó no sólo plena libertad religiosa, sino la posibilidad de integrarse plenamente al vasto melting pot que ha caracterizado a la sociedad norteamericana; los fieles demócratas del Sur y los intelectuales de la Costa Este de Estados Unidos.
Cuando Johnson decidió convertirse en el campeón de los derechos -y privilegios- de las minorías raciales (los negros en especial) sabía, como hábil político que era, que estampar su firma en la Civil Rights Act consagraba la fuga masiva de los sureños del corral demócrata. Igualmente su firmeza en la guerra de Vietnam le enajenó a los intelectuales, la clase media profesional y los estudiantes.
En buena medida, esa anomalía norteamericana que ha sido el secuestro del orden político por parte de un Partido Republicano capturado por la derecha recalcitrante, viene de aquel lamentable traspié. Quién quita que el encontronazo entre Obama y sus enemigos republicanos el venidero noviembre no resulte ser un intento por reconstruir aquella coalición.
Todo este asunto, fascinante por lo demás, del singular camino que ha emprendido la política norteamericana, lo he traído a colación por lo que podría estar pasando entre nosotros. Mantengo la hipótesis de que, gane o pierda, quizás el gran aporte que Henrique Capriles Radonski habría hecho a nuestra historia política sea el de la construcción de una gran coalición.
Esa sensación, o epifanía si ustedes quieren, se me impuso mientras recorría la imponente manifestación de la oposición este domingo 30. En efecto, que en aquel vasto océano -el mayor que yo haya visto desde que los conocí gracias al entusiasmo que despertó Wolfgang Larrazábal en la recién despertada democracia venezolana en 1958- sólo me topara con cuatro o cinco conocidos míos, mi primo y su mujer entre ellos, me hizo caer en cuenta de cuán nuevo es este fenómeno que ante nuestros ojos se ha venido montando sin que lo advirtiésemos.
Capriles, con un tesón admirable, ha venido acogiendo y dando voz a los más variados grupos venezolanos, en la misma medida en que Chávez los vomitaba. Primero que nada, sin actitud mandona logró que la variopinta gama de partidos que nuclea la MUD fuese su más sólido apoyo y su continuo respaldo en lo que queda del mundo institucional venezolano.
De inmediato acogió con esmero a la maltrecha institución gremial que intenta representar a los obreros venezolanos, que se ven asfixiados por los distintos -y tan numerosos como la verdolaga- sindicatos "soviéticos", que no son otra cosa que mafias patronales a la caza de cualquier dólar que por allí fumea. Docentes, trabajadores de la salud, petroleros y los acosados trabajadores de Guayana han estado en su mira desde hace tiempo.
Luego volvió su atención a las acorraladas universidades y al vasto mundo de la cultura, mientras nunca perdía la oportunidad de hacer sentir todo el calor y la atención al vilipendiado hombre de a pie a quien todo mundo, Chávez en lugar destacado, siempre tiene en su lengua pero jamás transforma en objeto de sus atenciones. El gigantesco apoyo que en todas partes logra Capriles sólo sería explicable si uno considera este asunto de la conformación de esa vasta coalición.
Mientras, Chávez se iba quedando con esa masa amorfa que son los beneficiarios de su dispendiosa y mendaz chequera. Eso se ve con nítida claridad en sus mítines donde, como colegiales uniformados de rojo, sus "misioneros" son trasladados en autobuses de un lado a otro de la geografía nacional para actuar como "figurantes" del espectáculo fastidioso con el que pretende deslumbrarnos.
No hay, ya es obvio, ninguna base social que sustente su parapeto socialista. Ni siquiera permanecen a su lado corifeos internacionales (Dieterich, Harnecker). Y si por un tris lograra prolongar su ya debilitado mandato, esa gran coalición lo haría aún más insostenible.
antave38@yahoo.com
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