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martes, 9 de octubre de 2012

DEMOCRACIA: PERDER, GANAR...

ENRIQUE OCHOA ANTICH - Tal Cual
eochoaantich@gmail.com
@EOchoaAntich

Se trata, si a ver vamos, de una regla de juego, sólo de eso o fundamentalmente de eso. Una que evita, o al menos restringe, el antes habitual método de disputarse el poder político a tiros. El voto, la idea según la cual accede al y detenta el poder quien obtiene una mayoría de votos (no importa si es sólo entre los aristócratas atenienses o entre todos los ciudadanos integrantes de la república a partir de la democrática conquista de "un hombre, un voto"), constituye obviamente un escalón muy elevado en el camino de la civilización de libertad, paz y progreso que el ser humano ha soñado desde siempre.

Claro, si quien obtiene la victoria lo hace con una mayoría muy holgada, entonces esto que no es sino una regla de juego se confunde con la pretensión de acuerdo a la cual quien gana una elección está atribuido de una cierta razón histórica. Pero nada más falso. Porque no es verdad que los pueblos nunca se equivocan. Se han equivocado, y mucho. Remember Hitler. ¿Y si, pongamos por caso (como ha ocurrido en esta comarca nuestra) el ganador lo hace desde una mayoría relativa, es decir, desde una minoría absoluta de, pongamos por caso, 27 frente a 3/4 partes en desacuerdo, o si, como en 1968, lo hace por 30.000 votos? ¿Puede con seriedad decirse que esa votación atribuye al vencedor de alguna condición de verdad especial... como no sea que representa el acuerdo, el consenso político democrático, con arreglo al cual los que pierden, así sea por un voto, reconocen al que gana? Una regla de juego, pues. Dos buenos amigos argentinos residenciados en Venezuela desde hace mucho, gustan de evocar cómo su padre, al perder en Catamarca unas elecciones por exactamente un voto (él justicialista, su contendor radical), reconoció rápidamente el triunfo de su oponente: al ser interrogado por los medios acerca de si no pediría revisión de esos resultados tan estrechos, respondió que no porque él estaba seguro de que en circunstancias contrarias su competidor habría actuado exactamente igual a como lo estaba haciendo él. El honor de otros tiempos.

La política es un arte tan extraño que puede darse el caso incluso de que quien gane en realidad pierda y viceversa. Recuérdese al Felipe González que, en las últimas elecciones en las que participara que todos sabían que iba a perder, logró unos resultados tan aceptables que fueron considerados una victoria política para él. A veces, en contrario, quien se supone que debe ganar con una altísima votación no lo hace sino con una votación modesta y su victoria puede ser casi pírrica (usando este adjetivo de modo laxo). O pasa que quien gana lo hace contra todo pronóstico, lo que exponencia su victoria.

En todo caso, en democracia se supone que, ganando unos que son entonces gobierno y perdiendo otros que son entonces oposición, todos forman parte de un dispositivo que, con base en la regla de juego de mayorías y minorías que hemos comentado, preserva la vida en paz y la libertad y el progreso para todos.

Que así sea.

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