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sábado, 19 de mayo de 2012
La ficción del autócrata
JOAQUÍN MARTA SOSA - Tal Cual
Los buenos libros obligan al lector a la reflexión, y al cerrarlos dejan un poso capaz de iluminar algún fragmento importante de la vida. Es el caso de la novela HHhH (que vendría a significar Himmlers Hirn heisst Heydrich, es decir, nos asegura la contraportada del ejemplar, "el cerebro de Himmler se llama Heydrich" según solía comentarse en los sórdidos corrillos de la sanguinaria Gestapo). Su autor, Laurent Binet, premiado por ella con el exultante Goncourt, reconstruye la historia del atentado contra Heydrich, el "verdugo de Praga", llevado a cabo por dos resistentes checos, y su modo de armar la novela es el de irnos contando cómo y porqué lo está haciendo, valiéndose de qué fuentes y hasta dónde le parecen verosímiles o dudosas. Escribe esta su primera novela confesándonos, a veces hasta en sus más mínimos detalles, los procedimientos de los que se vale para construir una narración donde lo ficticio puede ser cierto y la verdad ficción pura, o lo contrario. Gracias a esta urdimbre, una historia manoseada por quienes se han detenido en las monstruosidades del nazismo readquiere un intenso y vivo interés.
Pero más allá de la historia que sostiene la novela, o acaso por ella misma, lo que nos ratifica es el hecho absurdo y terrible de que en las autocracias es el cerebro del autócrata el que opera como cerebro único e incontestable. No se trata de un pensamiento único, puede ser variable y frecuentemente lo es, sino un único cerebro que jamás admite ni competencia ni discusión, que emite decisiones y desecha hasta la anulación (o eso pretende) al resto de los cerebros de quienes están a su mando, en primerísimo lugar a los de sus conmilitones, y ya descerebrados éstos se aplica a la tarea de lograr un resultado semejante con los disidentes. A los primeros se les extravía el arte y la función del pensar porque están en la actitud permanente y sedienta de quienes esperan "la palabra" del autocrator para repetirla hasta la extenuación como la buena nueva. El caso de los resistentes es distinto y depende del grado de su convicción, pero generalmente logran en cierta medida mantenerse a salvo, sencillamente porque en principio descreen de todo lo que provenga de los sonajeros del poder, y a pesar de que no siempre es una actitud soberana sí que lo es de esencial supervivencia de sus capacidades de razonar. Es en esta perspectiva donde entendemos mejor la célebre afirmación de Borges: "lo peor de las dictaduras no es que sean estúpidas sino que fomentan la estupidez". Pero hay más.
Suele reclamarse tanto de totalitarismos como dictaduras su efecto deshumanizador. La carga de violencia, represión, amedrentamiento, anulación de la libertad que portan, se dice, empuja de manera terrible e inevitable al despojamiento de todo aquello que es propio de la condición humana, de los derechos que esa condición implica. Cierto, pero al finalizar la novela de Binet lo que nos queda burbujeando en la cabeza es que el efecto más absolutamente inhumano y deshumanizador de los autoritarismos es que pretenden confiscar la posibilidad y capacidad del pensar en cada uno, expropiarlo en suma, para que el caudillo tenga expedita la vía para que sólo él emita ideas y piense decisiones, a costa de la paradójica consecuencia de que en ese ejercicio del acto humano por excelencia, el de pensar, no sólo deshumaniza a sus semejantes (a quienes prohíbe pensar por sí mismos, especialmente a los afectos al régimen), sino que al pretenderlo hegemónico y sólo bueno para la reverencia y el acatamiento, el autócrata no se convierte "en el humano único" sino en el más desquiciado y profundamente deshumanizado, particularmente a partir de la imposición que termina por transformarse en creencia, de que sus soliloquios son el único pensamiento válido, el único que vale, el único valioso. Devenido el autócrata en único pensador (si es que se trata de pensamientos aquello que emite, normalmente plagiado y reiterativo, carente de toda novedad y originalidad), termina encarcelado en los efectos tóxicos de una palabrería, la suya, cuya reiterada vacuidad solemne y onomatopéyica, conduce a la autocracia hacia los caminos ciegos que derivan en refractarios a los cambios. De este modo arremete contra el segundo factor de toda humanización: el de crear la historia, el de proseguir en la tarea sin límite de hacer y rehacer y transformar la cultura. En efecto, las autocracias (todas suelen denominarse revolucionarias) son espantosamente reaccionarias pues su aspiración magna es la de ponerle punto final a la historia, la de servir un "pensamiento" que sólo se piensa a sí mismo y a partir de sí mismo y, por tanto, renuente a toda originalidad y a cualquier posibilidad que aliente la crítica y los interrogantes. La autocracia no tiene preguntas, sólo respuestas: las que emite el jefe. Y allí reside su inconmensurable fragilidad que sólo a medias puede ocultar recurriendo a controles, vigilancias y represiones.
Así, las autocracias terminan por ser una suerte de "escritura ficcional", de narrativa producida a partir de una voz omnisciente (todo lo sabe, todo lo resuelve) y suprema, que ni siquiera como hipótesis admite esa experiencia más o menos universal de todos los grandes narradores, la de que sus personajes y tramas terminan por írseles de las manos y tomar sus propios caminos mientras los van abriendo.
La ficcionalidad de las autocracias consiste en dar por sentado que trama y personajes jamás se escaparán de sus redes de hierro. Y, quién lo diría, los primeros que intentan fugarse de ellas suelen ser algunos de los personajes más fieles, y las tramas que primero se deshilachan son las que pasaban por mejor atadas. Vean el destino colérico e irremediable de Heydrich en esta novela de Binet, realísima por hondamente ficcional, por imaginativamente verídica. También en ella los primeros y que más desertaron de la necesidad de pensar, los que más se inhumanizaron, fueron los incondicionales, los más cercanos, los adoradores y crédulos, siempre dispuestos a justificarlo todo, siempre remisos a lo que no sea obedecer. De allí que cuando llegan las purgas se sienten culpables de todo. Salvo los oportunistas que nunca se culpan de nada y siempre se aprovechan de todo.
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