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sábado, 14 de abril de 2012

Dilema universitario


JUAN CRISTÓBAL CASTRO - Tal Cual

La anécdota es reveladora. Una de las pocas veces que la Universidad Central de Venezuela fue intervenida se dio no hace mucho en un concierto de música, con el aplauso de estudiantes y trabajadores. Pocos hablaron.

¿Por qué? Presumo que por varias razones, pero hay una interesante: el miedo a tomar posición.

Nada más fuerte que el chantaje intelectual del "progresismo", como el de ser calificado de conservador, y ser mal visto.

¿No somos, después de todo, el país de la "gente bella"? También está el miedo: el discurso divisionista victimiza a un bando y calla al otro.

Desde el primer asalto del M28, el fascismo radical del borbonismo izquierdoso no ha cambiado de estrategia, pero sí de territorio: antes atacaban afuera (la policía, los camiones o autobuses), ahora es dentro de la universidad (a las facultades, a los profesores, y estudiantes).

Ha habido varias respuestas, pero también un halo de duda. ¿No es acaso representativo y paradójico que gran parte de los estudiantes pidiera el voto paritario, una de las causas de las intervenciones de los violentos, al tiempo que rechaza la "violencia" del M28? Pero hagamos un breve ejercicio de imaginación. Cualquier desprevenido profesor que vaya a clases a compartir recorridos, experiencias, lecturas en la Central, además de recibir sueldos miserables, se dará cuenta de que las posibilidades para investigar o preparar clases son escasas: bibliotecas sin fondos, pagos que no llegan, congresos a los que no puede asistir por falta de recursos, libros imposibles de adquirir, fuentes de financiamiento alternas desde el gobierno que están dogmatizadas e intervenidas por usos discrecionales.

De igual modo, esta ingenua persona puede que más de una vez haya sido agredida o molestada por uno que otro estudiante (a Dios gracias no la mayoría), haya tenido que oler más de una bomba lacrimógena, haya tenido que escuchar música a todo volumen que se coloca adrede por "insignes demócratas-revolucionarios", y haya tenido que tirarse al piso de vez en cuando porque un "gatillo alegre" aparece para amenazar.

En estos años de "democracia participativa" este masoquista profesor ha visto alguna vez la Facultad tomada, otra incendiada, el reloj del Rectorado descompuesto, los carros de uno que otro profesor quemados con bombas incendiarias, algún estudiante o colega amenazado violentamente.

Con todo así, este señor no se atreve a decir "Basta". ¿El motivo? La "dictadura del Rectorado": eso es lo que dicen algunos. Al mismo tiempo, siguen los secuestros, asaltos, asesinatos y violaciones del hampa común, que suceden con frecuencia en el recinto.

La respuesta del profesor tarda. ¿La razón? Muchas: evitar pelear con colegas, concentrarse en lo suyo, sobrevivir.

También están los lenguajes "progresistas", de derecha y de izquierda: los des-coloniales, que nos hablan de los crímenes de la "ciudad letrada", de su clasismo; los revolucionarios, que nos hablan de la burguesía, del poco compromiso social; los populistas, que nos ven como protagonistas inconscientes del odio a la cultura de masas; los tecnocráticos, que nos hablan de la ineficiencia y la falta de profesionalismo.

Así, ¿cómo defender la libertad de cátedra o la autonomía, principios "occidentales" que nos conectan a una memoria republicana, a ciertos valores liberales mal vistos por tecnócratas que consideran el conocimiento como una mercancía, y revolucionarios populistas que lo ven como una empresa ideológica unilateral para salvar al pueblo? Nada, el profesor duda. No se trata de volver a la idea del recinto como "formador", sino verlo quizás como lugar de mediación de saberes, culturas y memorias.

Pero es difícil. No tiene a nadie. Internacionalmente el modelo tradicional universitario está siendo amenazado por una inclemente demanda de productividad. La pregunta en todo caso queda abierta, como una misión secreta.

Pero el temor a quedar mal siempre estará ahí, trazando el límite de nuestra voz.

Horacio Blanco, líder de Desorden Público, sirve de ejemplo. Quien fuera criticado por la participación en la toma alegre de la Central, salió a pedir disculpas por el twitter. Escurre el bulto, con el viejo argumento de la neutralidad del artista, como si su banda nunca fuese crítica, poniéndose en un tercer lugar de superioridad moral frente a dos lados radicales. ¿Querrá el profesor optar por esa vía, y seguir bien (a lo mejor le dan un mejor puesto), o ser un repugnante conservador, un viejo radical autoritario?

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