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miércoles, 29 de febrero de 2012

El eterno ahora de la muerte

FERNANDO NIÑO - Tal Cual

La muerte es un tema tabú. Cuando jóvenes somos inmortales y no conocemos la calma, solo existe el ahora. No hay tiempo que perder aunque nos parezca, como el sol, como un recurso infinito. Desafiamos el tiempo, las creencias o las tradiciones por el simple hecho de parecernos demasiado estáticas. No nos planteamos el tema de la muerte. Vivimos como diría el escritor armenio, William Saroyan: "todo el mundo tiene que morirse, pero yo siempre pensé que conmigo se haría una excepción".

Somos las únicas creaturas que sabemos que vamos a morir, pero también las únicas creaturas que podemos imaginar que vamos a vivir para siempre, en un eterno ahora. Este coctel nos hace la vida un poco más compleja que la de una guacamaya. Pero a pesar del pánico que nos ocasiona la muerte, o sus primas la enfermedad o el sufrimiento, nos arreglamos para seguir viviendo y en ocasiones hasta para tener espacios de felicidad. Nos cuidamos de no hacer mal a nadie, pero a veces no funciona. Tratamos de construir un mundo mejor y mostramos con nuestro mejor ejemplo, la mejor de nuestras ofertas a la vida, y terminamos muchos en la nadería.

Decía Borges en una entrevista con Soler Serrano, ya en sus ochenta años, por los ochenta, que él había dejado la diablura y la travesura para ingresar a "la benigna secta de los ángeles". Y más adelante refiriéndose a la muerte de su madre, comentó: "Yo creo que cada vez que muere alguien, uno inevitablemente piensa, no me hubiera costado nada ser más bueno. Sin embargo, uno no lo ha sido, uno ha insistido en tener razón, lo cual es una mezquindad. Uno debe tratar de no tener razón en las discusiones. Es una descortesía y una crueldad además tener razón".

Llega el día en que nos detenemos a pensarla. No es que sea algo muy agradable pensar en la muerte, pero llega un día en que se nos sienta a tomar un café con nosotros. A veces de improviso, cuando perdemos a alguien muy querido. Otras cuando la enfermedad nos toca a la puerta. O también cuando sentimos que nuestra ausencia dejará a la intemperie a nuestros hijos u otros dependientes.

En cualquier caso, ese día queremos tener un saldo positivo entre nuestro balance moral, estar perdonados por nuestras fallas o nuestras maldades, no vaya a ser cierto aquello de que Dios existe.

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