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lunes, 9 de enero de 2017

Caparrós: “El hambre es la zozobra por saber si vas a satisfacer las ganas de comer”

Martín Caparrós es escritor y periodista argentino, autor del libro El Hambre. Dio esta entrevista a El Pitazo el 30 de septiembre de 2016 en Medellín, pero su publicación se postergó hasta el lanzamiento del trabajo especial titulado: Salarios del Hambre

César Batiz | El Pitazo
Enero 8, 2017 8:48 Pm


Escritor argentino Martín Caparrós | Foto: Francisco Mendes

Medellín.- Martín Caparrós viste siempre de negro. Austero y sin lujos. Con su voz grave oculta tras un bigote blanquecino a sus 59 años. Su mirada está entrenada para escrutar y su pluma lista para narrar incluso lo que otros no quieren escuchar, como por ejemplo enterarse de que aquel 11 de septiembre de 2001, cuando 3.000 personas fallecieron tras dos ataques terroristas a las Torres Gemelas, en Nueva York, 25.000 más murieron en diferentes partes del mundo a causa de enfermedades asociadas al hambre, sin que sus decesos se convirtieran en noticias de primera plana.

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Así narra este argentino, hijo de un psicoanalista y comunista (Antonio Caparrós), licenciado en Historia egresado de la Universidad de La Sorbona, de ideas de izquierda pero antiperonista y antikichnerista, cronista de oficio y maestro de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez (Fnpi), para quien cada historia debe ser contada de la manera que su experiencia de 43 años de periodista y escritor le indica, en vivencias que dejó plasmadas en su último libro, La crónica.

Esa búsqueda de manera de contar la aplicó en El Hambre, el libro que este trotamundo de la narración escribió tras buscar en los cinco continentes relatos que le permitieran explicar qué es el hambre y sus múltiples causas. Sobre los efectos da detalles que paralizan la mirada y pensamiento en la realidad revelada. Allí están los cuentos de famélicas familias en Áfica y Asia, de la madre que engaña a los hijos con sopas de piedra, de viudas hindúes hambrientas y de vacas gordas que comen mejor que muchos niños del tercer mundo gracias a un subsidio diario de dos euros y medio.

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Llegado un punto de su libro, unas líneas de pesadilla: “El hambre es la metáfora más violenta de la desigualdad”, apunta Caparrós. Compara el autor los $33.000 millones anuales que los estadounidenses gastan en dietas, con los $30.000 millones que se necesitaría para paliar el hambre en el mundo, o los $3.000.000 de millones usados para rescatar los bancos de EEUU, suficientes para acabar con la falta de comida en todo el globo terráqueo.

El autor, quien dio esta entrevista a El Pitazo el 30 de septiembre de 2016 en Medellín, en medio de las actividades del Festival García Márquez, tiene cerca de 15 años que no visita a Venezuela. Lo que conoce sobre el país resulta de la lectura de información de otros cronistas, por eso sabe de las horas en cola de los venezolanos para buscar alimentos.

Ese tiempo en procura de la comida y el porcentaje de ingresos usados para comprarla, son dos parámetros que emplea para medir el grado de deshumanización y de pobreza de un ciudadano. Por ejemplo, mientras más horas dedica a abastecerse más se acerca al grado de bestialización, así como mientras más partes de sus ingresos usa en adquirir los bienes, mayor es la pobreza. Viven pues, de salarios del hambre.

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–Abordemos esta conversación desde una descripción de lo que para usted es el hambre.

–Yo digo allí (en El Hambre) que todos sabemos qué es el hambre porque dos o tres veces decimos que tenemos hambre, cuando se trata de las ganas de comer. El hambre es algo muy distinto. Es la zozobra que te produce no saber si vas a poder satisfacer esas ganas de comer y probablemente no satisfacerlas durante horas y días.

Esa es el hambre en el sentido más fuerte de la palabra; es esa violencia que se produce sobre una persona que no sabe si va a conseguir comida para él y para los suyos mañana, pasado o en una semana.

–A finales de septiembre murió en Maracaibo un niño que tenía una enfermedad congénita, pero a su madre la entrevistó en agosto una periodista de El Pitazo, a quien le dijo “mis hijos beben sopa de aire”. ¿Esta es la dimensión del hambre a la que se refiere Caparrós en su libro?

–De alguna manera sí. Eso me hace recordar una historia que me contaba una mujer en Bangladesh. Ella (en la obra se llama Amena) me decía que cuando no tenía nada para darle a sus hijos, en la noche ponía en el fueguito que permanece en la casa una olla con un poquito de agua, unas piedras o unas ramas y les decía que se durmieran que ella los iba a despertar cuando estuviera lista la comida, por supuesto no los despertaba hasta el día siguiente. Les daba sopa de piedra, no de aire, como un tranquilizador. Ese día no le quise preguntar cómo hacía la tercera, cuarta o quinta vez cuando los chicos preguntaran por sopa.

Pero ese es uno de los ejemplos más extremos del hambre. Para buena parte de los hambrientos, no es que no coman nada, coman sopa de aire o de piedra, sino que comen más o menos todos los días comidas que no les alcanzan o que no les nutren, y ese proceso todos los días los va debilitando. Este chiquito que murió en Maracaibo no falleció de hambre. Se murió como se muere la mayoría de la gente que sufre desnutrición, porque cualquier enfermedad, que a la mayoría de nosotros, con un cuerpo sano, fuerte y bien alimentado no le produce ningún efecto grave, a ellos los mata.

–En Venezuela en medio de la polarización política, hay dos versiones de lo ocurre. Unos dicen que hay hambruna y otros dicen que la gente come tres veces al día. ¿Esta polarización favorece o perjudica entender el problema del hambre?

–No sé cómo es la situación en Venezuela. Desde hace 15 años no he estado en Venezuela. A mí me impresiona del caso venezolano las colas para comprar comida, porque en algún pasaje de El Hambre digo que de alguna forma la marca de la evolución es el necesitar menos tiempo para la búsqueda de la comida. Por ejemplo, los animales están todo el tiempo para buscar la comida. Los hombres primitivos también, porque no podían desdeñar ninguna oportunidad. En las sociedades pobres las personas trabajan de 50 a 70% de su tiempo para pagarse la comida. En Dinamarca te pagas la comida con 3% de tu salario. El tiempo que dedicas a comprar tu comida será una hora por semana. Es ínfimo.

Mientras más tiempo te dedicas a conseguir la comida, bien sea porque te dedicas para poder pagarla, o en este caso porque estás obligado a quedarte en un sitio durante varias horas para no perder tu lugar en la cola, de algún modo más retrocedes en esa escala evolutiva y más te pareces a los hombres más primitivos que andaban todo el día buscando sus frutas o algo para comer.

–¿Cuál es el periodismo qué se hace ante una situación como esta, de hambre o de falta de alimentos?

–Lo primero es contarlo. Recuerdo que me gustó mucho una nota que sacó Willie Mckay, cronista venezolano, en Prodavinci. Él se pasó un día con una señora que iba a distintos lugares a buscar comida. Cómo negociaba con un tipo del mercado que le vendía por debajo de la mesa. Era muy ilustrativa y a mí me hizo entender mucho sobre la situación de Venezuela, mucho más que muchos artículos sesudos tratando de elaborar sobre el asunto. Pero también es cierto que con contarlo no está completo si uno no trata de entender por qué pasan las cosas. Cuáles son los problemas sociales, económicos, de propiedad, políticos y demás que hace que suceda esto.

–¿Y por qué ocurre esto?

–No conozco la situación de Venezuela…

–Pero digo en general. Usted en El Hambre dice que hay vacas que comen mejor que una persona en África o en Asia.

–Sí, claro. Me decía un hindú que en su próxima vida quiere ser una vaca europea, porque recibe un subsidio diario de dos euros y medio, algo que él nunca iba a tener él en su vida. Pero en el caso de Venezuela, me interesa mucho ver en qué medida el desabastecimiento fue el principio o no de un efecto de la redistribución. Porque uno podía pensar que si 10 van a recibir lo que antes recibían cinco entonces va a haber menos comida para todos ellos y se supone que hubo un intento de redistribuir, por lo menos al principio.

–La FAO premió a Venezuela por disminuir los índices de desnutrición.

–Por eso te digo; habría que ver cómo se pasó de ese intento de redistribución a esta carencia. Me parece que es un proceso bien interesante no solo para Venezuela, sino para pensar cómo se hace en otros países para redistribuir los bienes sin que esto produzca escasez.

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