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domingo, 9 de diciembre de 2012

La omisión de la MUD

Tal Cual

Jamás voy a comprender la lenidad, la blandura, la superficial e inexplicable decisión que tomaron las fuerzas de la oposición dejando de explotar suficientemente, para sus propios fines, el problema más grave que tienen los venezolanos en uno de los momentos políticos más decisivos de su historia.

ALONSO MOLEIRO

Poco va quedando que decir en torno a las decisiones que estaba obligado a tomar este país en este 2012 que termina. El cierre de estos seis años, sumado a los seis anteriores, terminan de darle un rasgo definitivo a nuestro malestar histórico. A nuestro proceso general de decadencia.

En Venezuela una gestión ordinaria puede tomar tres o cuatro horas; los motorizados ejecutan en la calle la maniobra de tránsito que les da la gana; cualquier funcionario puede venderle su alma al diablo por un puñado de dinero y consumimos en el tráfico momentos apreciables de nuestras vidas.

Tenemos un panorama de ciudades caóticas, en las cuales los cortes de luz son harto frecuentes y no existe el menor criterio de urbanismo.

Nada de esto fue suficiente: administrando un volumen de recursos descomunal, y evidenciando algunas mejoras en ofertas específicas, como las del acceso a la vivienda, el actual gobierno obtuvo una nueva victoria. Pese a que, como a todos nos consta ­al gobierno mismo, en materia de ejecución y resultados concretos, peor no se han podido hacer las cosas.

El problema más grave de Venezuela, el desborde delictivo, ha sido despachado en la opinión pública con una levedad escandalosa. Incluyendo, y cuesta creerlo, a la oposición.

En lugar de hacer el trabajo político necesario para colocar en las preocupaciones ciudadanas un importante elemento diferenciador, las fuerzas democráticas se dedicaron, en este caso, ha hacer una inexplicable interpretación lineal de lo que al respecto decían las encuestas.

De acuerdo a este peculiar criterio, ocuparse de acorralar al gobierno nacional y adjudicarle ante el país la responsabilidad fundamental ante el entorno criminal que nos acecha, la impunidad de los tribunales, la putrefacción de las cárceles y la escasa atención que el alto gobierno le ha prestado al tema durante todos estos años, era perder el tiempo.

Las encuestas, pensaba la oposición y sus asesores, "dicen que la gente no le achaca al gobierno el problema del hampa", y claro, si la gente no se lo achaca por algo será: lo mejor es seguirle la corriente a las encuestas y darle la razón a "la gente".

Mientras durante algunos fines de semana llegaron a registrarse hasta 70 muertes semanales en Caracas, se concluyó que hablar del hampa es perder el tiempo. Tratemos de parecernos al gobierno. Vamos a complacer a la gente.

Una reflexión inexplicable, que se desplazó sin rasguño alguno en medio de personas sumamente esclarecidas. Que constituye, en sí misma, en mi modesto criterio, la negación más acabada en torno a lo que se supone es una estrategia política.

Si el problema más importante de todos los venezolanos es que el estado no nos garantiza el derecho a la vida ­el que hace posible la existencia de todos los demás derechos-; si es este, de acuerdo a estudios internacionales, una de las naciones más violentas del mundo, porque así lo ha reconocido el propio Hugo Chávez; si todos tenemos hijos y seres queridos que proteger; si es más que evidente que el actual gobierno no hizo su trabajo, y peor aún, que poco le importa ¿cómo es que no existe ahí una mina de oro para ser explotada en una campaña electoral?

Porque, en resumidas cuentas, si las encuestas no recogen que esto es lo que le importa a la gente, para eso es que supone que existen la MUD y el Comando Venezuela: para lanzarse a la calle con una estrategia con el objeto de lograr que comience a importarle

¿Estaba alguien hablando de Asamblea Constituyente en el año 1996? Hugo Chávez no se puso a ver qué era lo que quería "la gente" para tomar una decisión que consideraba necesaria para llevar adelante lo que quería.

Salió a recorrer el país con una política en la calle. Varias veces algunos expertos le salieron con aquello de que "con la constituyente no se come". Tonterías. Poco después, la gente, y las encuestas al remolque, terminaron, como todo el mundo, hablando de lo que él quería: si era o no necesaria una Asamblea Nacional Constituyente.

No hablamos por hablar. La presencia del crimen y el ilícito en Venezuela está a punto de convertirnos en una nación inviable. Si en algún momento de la historia estaba justificado el desarrollo de este tema hasta sus últimas consecuencias en virtud de su gravedad en una campaña electoral era en esta ocasión.

Esta interpretación tan literal de lo que se supone dice en las encuestas habla, además, de un rasgo mucho más grave: cuánto ha penetrado en nosotros la anomia que fomenta el chavismo y cómo a todos termina pareciéndonos normal los rocambolescos sucesos que semana tras semana se presentan en este país.

Suponer que a la gente el tema no le importa nos obligaría a concluir que no estamos especialmente interesados en estar vivos. Porque a fin de cuentas, para interpretar correctamente las dolencias y las taras sociales de carácter histórico que nos aquejan no necesitamos andar viendo encuestas.

Ahí está la ventaja que todavía nos lleva Hugo Chávez. Las encuestas nos ayudan a decidir qué es lo que vamos a hacer el mes que viene. Piense el lector si, antes de tomar la decisión de tumbar a Batista, Fidel Castro se iba a poner a andar revisando encuestas.

No vamos a echarnos a morir. La vida continúa. La realidad nacional es bastante más fluida y compleja de lo que algunos piensan. Crecimos como bloque histórico, rasguñamos la mitad del país, ganamos en los centros urbanos más importantes y formamos parte de una creciente y expansiva voluntad nacional empeñada en que las cosas en Venezuela cambien.

Estamos unidos en la MUD. Los cuadros políticos nacionales son habitualmente como los juegos de dominó: las partidas se barajan con cierta frecuencia. Pero si vamos a hablar de lo que no se hizo, si ha llegado el momento de los balances, si andamos con ánimo autocrítico, yo quiero consignar esta queja.

Lo digo en público porque hice suficientes énfasis del tema en privado: jamás voy a comprender la lenidad, la blandura, la superficial e inexplicable decisión que tomaron las fuerzas de la oposición dejando de explotar suficientemente, para sus propios fines, el problema más grave que tienen los venezolanos en uno de los momentos políticos más decisivos de su historia.

Por ahora, los dos problemas, el hampa y el gobierno, se quedaron entre nosotros.

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