La grandeza de un país empieza siempre en la fortaleza de sus raíces culturales y espirituales. La capacidad de los Estados Unidos para transformar esa energía moral en fuerza organizativa es lo que hizo posible el crecimiento arrollador de sus estructuras económicas, y no a la inversa
SIXTO MEDINA
Sería útil preguntarse, y preguntarle a los norteamericanos, una vez más, qué fue lo que hizo grande históricamente a Estados Unidos, cuáles fueron los factores determinantes que le permitieron convertirse en una de las naciones del mundo libre.
Si examinamos atentamente a la gran sociedad de George Washington y de Abraham Lincoln, observamos que ella no ocupa un lugar decisivo en la historia contemporánea por su poderío económico ni por su fortaleza militar.
Su extraordinario liderazgo no se mide por la riqueza que es capaz de producir en un solo día ni por el numero de misiles que está en condiciones de arrojar sobre sus ocasionales enemigos, sino por lo que significó, desde fines del siglo XVIII y hasta nuestros días, como foco irradiador de una cultura centrada en el reconocimiento de la libertad y de la democracia como fuerzas transformadoras de la historia y de la dignidad de la persona humana como supremo valor.
Porque han sido capaces de edificar una civilización y vida política sustentada sobre esos principios que sustituyen la lucha existencial y sin reglas por lucha agonal bajo reglas, la que tiene como supuesto el derecho a la existencia del adversario, porque abrazaron el ideal histórico del hombre libre y organizaron las instituciones indispensables para que esa concepción se trasladara al dinamismo de la vida cotidiana, porque sentaron las bases contemporáneas del Estado de Derecho y de la democracia republicana como sistema político.
La grandeza de un país empieza siempre en la fortaleza de sus raíces culturales y espirituales. La capacidad de los Estados Unidos para transformar esa energía moral en fuerza organizativa es lo que hizo posible el crecimiento arrollador de sus estructuras económicas, y no a la inversa.
Que haya en estos momentos ciudadanos norteamericanos sumidos en la pobreza, que podría alcanzar su nivel más alto desde la década de 1960, en parte debido a la recesión económica, es algo que preocupa y entristece. Es de desear que el presidente Obama, un hombre de realizaciones, quien en su primer mandato estuvo a la altura de las expectativas, pueda encarar con éxito la pobreza.
La labor no va ser fácil, lo ha afirmado: "mi gobierno tiene la obligación de seguir luchando por el porvenir de las familias de clase media y baja, no de los mercados especulativos ni los malos banqueros". Y es de esperar que en la dinámica cotidiana del pueblo de los Estados Unidos vuelva a brillar con toda su intensidad, como ha sido tradicional, el buen sol de la libertad.


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