SIXTO MEDINA - Tal Cual
En el país chocan dos procesos políticos, que en el plano social, coinciden con dos actitudes. Por un lado, experimentamos a diario entre las pretensiones hegemónicas del gobierno y las reacciones colectivas que tales intenciones generan; por otro, en un nivel acaso, más profundo, este duelo insistente entre la hegemonía gubernamental y la contestación de toda clase de grupos de veto confronta el ideal de una sociedad civil representada por el régimen de la democracia republicana con la agresiva realidad de una sociedad que a menudo presenta perfiles de incivilidad.
Ideas y realidades: el componente civil a que aspiramos y el componente incivil que nos interpela y desnuda nuestras incapacidades. El ideal de una democracia alude a una sociedad civil apta para ejercer la ciudadanía porque sus miembros tienen igualdad de oportunidades para educarse, trabajar, tener acceso a la salud y a la propiedad y gozar, al cabo, de los beneficios de una vida digna.
La sociedad civil es, en suma, una sociedad educada por la calidad de la educación que se imparte en las instituciones establecidas a tal efecto y por la educación práctica que, en una forja continúa, es capaz de desarrollar las virtudes cívicas del buen gobierno democrático.
La representación política, a través de los partidos y del ejercicio pleno de las libertades, corona este edificio que, como cualquier obra humana de larga duración, nunca estará completamente terminado. El ideal de la sociedad no se contrapone, pues, con la política, como predican algunas teorías trasnochadas, actualmente en boga, y desde las altas esferas del régimen político, amante del socialismo real. Lejos de ello, la sociedad civil venezolana, supone la política y la integra en un mismo espacio crítico de deliberación y debate.
Sobre el trasfondo de una incivilidad espontánea mucho más marcada por el crecimiento de la criminalidad y la inseguridad, se están desenvolviendo otros tipos de incivilidad. La de quienes conciben al gobierno nacional, regional y local al modo un coto cerrado, impermeable al dialogo y al compromiso, y la de aquel otro conjunto de la población que, sin sentirse políticamente representado, actúa de manera directa en el espacio público, reclama, protesta, y sufre en ocasiones el impacto de una acción represiva.
En este sentido la incivilidad alumbra una escena en la cual la legitimidad de los justos reclamos se confunde con tomas de edificios e invasiones a propiedades, entre otros.
Tomas de Quincey escribió que el poder se mide por la resistencia. Si no hay resistencias visibles, el poder hegemónico avanza sin dificultades y actúa con mucha efectividad sobre los flancos institucionales (partidos, parlamento, justicia, fuerza armada, burocracia, manejo discrecional de los recursos presupuestarios y fiscales).
Este es el contexto de una campaña electoral en la que corresponde apostar contra viento y marea, a la reconstrucción de nuestro sistema de partidos, uno de los productos más relevantes del arte de la política. Sin la presencia de estas asociaciones la democracia seguirá renga o, lo que es aún peor, presa de la incivilidad de la que viene de arriba y de la que proviene de abajo.
sxmed@hotmail.com
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