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lunes, 21 de mayo de 2012
¿PARTIDOS O SIMULACIÓN DE PARTIDOS?
ENRIQUE OCHOA ANTICH - Tal Cual
eochoaantich@gmail.com
@EOchoaAntich
Si se miran bien las cosas, la crisis del modelo venezolano de partido -leniniano, populista, clientelar- está en la base del desmoronamiento de la democracia que por comodidad podemos definir como puntofijista. Fue en buena medida debido a ella que aquel sistema perdió progresivamente lo que los comunistas italianos llamaban "capacidad de hegemonía".
Los principales partidos políticos de masas: AD y COPEI (no incluimos a URD a causa de su efímera existencia ni al PCV que era más bien un partido de cuadros), acaso debido a su tránsito por un poder que era genéticamente estatista y petrolero, fueron convirtiéndose en pesados aparatos burocráticos que se representaban a sí mismos, maquinarias electorales cuyo fin era sólo ganar elecciones. El pueblo que estaba mayoritariamente más allá de los partidos, fue experimentando una sensación de orfandad que es la que entre otras cosas explica el 27F. Los partidos dejaron de ser los representantes del pueblo en el Estado para ser los representantes del Estado en el pueblo.
Para los 80 y los 90, de aquellos vigorosos instrumentos germinados desde abajo, al calor de la gente y de las organizaciones de la sociedad civil (sindicatos, gremios y federaciones estudiantiles), y en debate permanente con ellas, no quedaba nada. Ahora eran unos tinglados financieros, que más bien colonizaban a la sociedad civil para ponerla bajo su mandato (la relación del poderoso Buró Sindical de AD con la CTV era emblemática al respecto). El colofón lógico de tal "estatización" de los partidos (para llamarla de alguna manera) fue aquello que alguna vez se dijera del Partido Bolchevique: el Comité Central sustituía al partido, el Buró Político al Comité Central, y al final el Secretario General sustituía él solo al Buró Político. El cogollo, pues.
De todo cuanto hemos dicho, un poco más, un poco menos, no escaparon ni el MAS ni la Causa R, alternativas a AD y COPEI que la democracia había gestado.
Con la ruptura política de 1998, los partidos entraron en barrena. Ha sido largo el proceso durante estos años a través del cual los viejos partidos han procurado renacer y los nuevos abrirse un espacio bajo el sol. Sin embargo, duele comprobar cómo, unos y otros, del gobierno o de la oposición, han obviado aquellas características esenciales que de los años 30 a los 70, hicieron de los partidos vigorosos instrumentos populares: debate, representatividad social, democracia interna. Siente uno que los de hoy son más simulación de partidos que partidos propiamente: cuando sus direcciones no se someten al veredicto de sus militantes, cuando sus cuadros medios no son invitados a compartir activamente el rol de dirección colectiva nacional en la reflexión y en la acción, cuando sus ideas y sus políticas son acordadas por las cúpulas directivas y participadas al resto de la estructura como mandatos que deben ser ejecutados sin discusión, cuando no se comprende que el debate es el alma y la sangre que debe recorrer el cuerpo de un partido para darle vida y para que sus órganos puedan desarrollarse, cuando se le teme al debate de todos, cuando la información se confisca arriba y no fluye hacia la dirigencia media y hacia la militancia, entonces podemos hablar de aparatos electorales, de clubes de amigos con algunas franquicias estadales, pero no de un partido.
Son las reflexiones que deben hacerse en particular los políticos de esta generación, si quieren cumplir el rol histórico que en su momento cumplieron las juventudes de los años 30: el de ser forjadores de los nuevos partidos que hagan posible una nueva Venezuela.
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