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miércoles, 16 de mayo de 2012

¿Cómo no compartirlo?


CARLOS OTEYZA - Tal Cual

Lo conveniente podría ser no crear más alarmas entre los hijos que estudian o trabajan fuera del país. Parece lógico, ya con la separación es suficiente; la distancia genera sus propias angustias como para añadirle más leña al fuego. Podemos también suponer que ya saben suficiente de lo que ocurre aquí, lo han vivido en carne propia o sencillamente están tan informados como nosotros de lo que pasa, de las estadísticas, los secuestros, la impunidad, el desmadre. Por lo tanto, el sentido común invita a no comentar algunos hechos que suceden porque, vistos desde lejos, parecen magnificados por la lupa de la distancia. Cuando no se puede acompañar a un familiar en momentos difíciles, la no presencia agudiza la imaginación y muy probablemente las preocupaciones toman alto vuelo.

Entonces, con qué nivel de sinceridad podemos hablar con ellos, con nuestros hijos. ¿Acaso hay que ocultarles nuestra cotidianidad, lo sucedido en casa? No es una pregunta banal, ni un ejercicio de retórica, porque además estoy seguro de que muchos se lo han preguntado antes que yo.

Qué contar y cómo hacerlo. Qué se obtiene dándole a los hijos más indicios de que el país anda por un despeñadero, que nada ni nadie pareciera controlar. Qué hacemos, por ejemplo, con lo sucedido recientemente, cuando dos individuos armados entraron a la casa, sometieron a un miembro de la familia, pusieron la casa patas arriba llevándose lo que consideraron de valor de cambio.

Aparentemente conocían bien los nombres y cuando tocaron a la puerta sabían por quién tenían que preguntar y cómo hacerlo, estaban informados y eran maestros en el arte de timar.

Por supuesto que siempre se podrá decir: "menos mal que eso fue todo lo que pasó, un terrible susto". Pero a quienes les ha tocado vivir igual experiencia saben de la dolorosa estela que deja la incursión del hampa en el hogar. La impotencia abrazada al miedo, la incertidumbre coronando, la peste creciendo.

No fue el ayer de nuestros hijos un oasis, ni crecieron en una sociedad modelo, pero nunca le degradación institucional y social fue tal y ellos lo saben. Nos inclinamos a compartir con ellos lo sucedido y no lo hacemos sin aprensión, porque sabemos que estos hechos generan angustia y desesperanza. Nadie puede estar orgulloso de un país donde, cada día más, los hogares son violados y con visa de impunidad. Pero no hay alternativa, aun sabiendo que de inmediato realizarán una comparación con la realidad que viven en el extranjero.

Callar sería transferir, a nivel familiar, lo que el gobierno hace a nivel nacional en las televisoras de Estado: desaparecer la realidad, convertirla en propaganda. Aun con lo dolorosa que pueda ser, ¿cómo no compartirla con nuestros hijos? Es un primer paso que estamos obligados a dar juntos, estemos donde estemos, si apostamos a que ­a pesar de todo­ podamos enderezar el rumbo.

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