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domingo, 11 de diciembre de 2011

La inclusión y la excelencia

ALONSO MOLEIRO
Tal Cual


¿Debate el chavismo en torno a la calidad de los egresados de sus programas? SAÚL UZCÁTEGUI/TALCUAL

En El poder y el delirio, la obra de Enrique Krauze que desentraña con tanta solvencia parte de los focos inspiradores y nudos argumentales del chavismo, Alí Rodríguez Araque le asegura al autor que el alto gobierno había creado una especie de escuela de cuadros para la gerencia pública, con el objeto de mejorar el desempeño en la obra de gobierno y el impacto de sus decisiones en el bienestar general de la población.

No abundemos demasiado en torno a la aseveración que Rodríguez le hace a Krauze, que es obviamente falaz. El libro de Krauze, en cualquier caso, está estacionado en los bordes del año 2007, momento en el cual el oficialismo todavía tenía arrestos para formular promesas en torno a su fidelidad con la letra de la Constitución.

El poder y el delirio elabora un excelente barrido que permite avizorar lo que, en definitiva, es el objetivo ulterior de este gobierno, y hace una profunda reflexión sobre el origen de sus verdaderas fuentes ideológicas. Buena parte de las preguntas que se formula, y de los hechos que relata, sin embargo, lucen a estas alturas rebasados y confirmados con creces por la fuerza de los hechos.

Lo que Rodríguez le asegura a Krauze en torno a la fulana escuela de gerencia pública nos permite de todas formas elaborar una reflexión en torno a un detalle sobre el cual poco se ha discutido. Ni en el alto gobierno ni en el país completo.

Obsesionado de forma compulsiva con la inclusión como bandera, el oficialismo se hace muy pocas preguntas en torno a la calidad de aquello que culmina. Los chavistas sólo quieren números. Sumas de ceros, dígitos abultados, en altísima medida absolutamente artificiosos, con el objeto de sacar la banderita y saciar su conciencia en torno al loable y fundamental objetivo de la inclusión. Misión Ribas, Niño Jesús o Barrio Adentro: gente y números apelotonados para ser presentados como instrumentos de propaganda.

En el alto gobierno se lleva con suma incomodidad la obligación, al menos teórica, de rendirle culto a la palabra excelencia. Aunque sea para disimular. ¿Se imagina el lector que la desconocida Escuela de Gerencia Pública que le relató Rodríguez a Krauze existiera, y produjera orgullo, y fuera admitida de mala gana por la oposición, y fuera modelo para hacer propaganda e imitar? Se dirá que la excelencia es un objetivo burgués, parecido a la meritocracia, concebido para restregarle a los sectores populares su sabiduría inútil, para ahondar en diferencias odiosas, y que el verdadero saber reside en las tradiciones del pueblo, en su eterna e inapelable sabiduría.

Muy por el contrario. La necesidad de formar cuadros capacitados, especializados en las ciencias exactas, de exprimir el cerebro del alumno, de obligarlo a responder cualquier preguntas, incluso en un pasillo de forma desprevenida, el interés inextinguible por formularse dilemas, por crear nuevas cátedras, aun, como es el caso, desde la acera equivocada de la historia, se la formularon con bastante propiedad los soviéticos, e incluso los cubanos.

El gigantesco salto industrial que ha dado la Rusia antes enfundada en el Imperio de la URSS, guarda relación directa con esa realidad. Institutos de tercer y cuarto nivel con acreditación universal, en los cuales obtener un diploma le hacía al estudiante vender caras sus pestañas, donde no valían arrumacos con consignas y pañitos participativos. La Unión Soviética no existe, pero ahí quedaron algunos legados a la sociedad rusa: su industria espacial y de armamentos; su poderío en la producción de metales, automóviles y bienes intermedios.

La misma reflexión vale, en alguna medida, para los cubanos. Caminar por La Habana de los años 90 le permitía a cualquiera obtener una conclusión inmediata: aquella nación agonizante estaba integrada por ciudadanos con excelente preparación, en la cual era relativamente sencillo toparte con ingenieros químicos y atómicos que aguardaban con paciencia la seña para emigrar. A la Cuba del futuro, con las imperfecciones del caso, le quedará su estamento médico, aún poderoso, y su famosa Escuela de Biotecnología.

Además de hacer lo posible para que las Universidades que no puede controlar ­las autónomas­ mueran de asfixia, ¿debate el chavismo en torno a la calidad de los egresados de sus programas? Es una pregunta que cualquier venezolano responsable debería hacerse. Incluso si uno se tomara la molestia de reconocer sus esfuerzos inclusivos.

Peor aún: tampoco la oposición política ha puesto, con especial énfasis, un acento en el tema. Poco hacemos si metemos en el mismo guacal personas y cifras, congratularnos en un baño de ceros para consolarnos con una falsa idea inclusiva. ¿Dónde están nuestros pergaminos, nuestros postgrados, nuestros programas oficiales de intercambio, nuestros convenios de cooperación? ¿Cómo es que nos vamos a desarrollar? ¿Cuántas Universidades venezolanas tienen, en serio, un puesto relevante en la región? ¿Sabe al respecto alguien algo de la Unefa o la Bolivariana? ¿Tiene claro el gobierno la cantidad de profesores titulares o con rangos importantes que están pensando en marcharse del país? ¿Sabe el gobierno cuánto gana un profesor universitario hoy en día? En una acera como en la otra, por la razón que fuere, el valor relativo y el peso específico del conocimiento venezolano ha ganado mucho en ligereza y gravidez.

La responsabilidad fundamental, por supuesto, recae en el poder político. En el gobierno y el Presidente. Este único dato basta para poner en su dimensión exacta todo el cacareo ruidoso en torno a los fulanos logros educativos obtenidos en la década anterior.

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